Alberto Fernández
Alberto Fernández (Juan Ignacio Roncoroni/)

La pandemia aceleró el proceso degenerativo de la conversación en la Argentina. La clase política se mueve al ritmo de las redes sociales y expone un fenómeno preocupante.

La política argentina está en un laberinto sin salida. No solo porque desde hace años que no responde a las demandas de sus representados, sino también porque en el último tiempo experimentó un proceso de metamorfosis digital, acelerado por la pandemia, que atenta contra su propia esencia y la distancia aun más de la ciudadanía. Este fenómeno se expresa principalmente en las redes sociales y devalúa exponencialmente a dirigentes, partidos políticos e instituciones.

La llegada del coronavirus al país en marzo de 2020 trajo consigo el devenido eslogan “quedate en casa” y nos obligó a terminar de formalizar el desembarco total de nuestras actividades en el mundo digital. A las ya realizadas hasta ese entonces, le sumamos el trabajo y el estudio, entre otras más. El proceso de adaptación del sistema político mundial al siglo XXI, que había iniciado algunos años antes a partir de la democratización de la información y un rediseño de la participación ciudadana, se exacerbó y la política doméstica no estuvo ajena a dicha transformación ya que profundizó el uso de las nuevas tecnologías, a tal punto de jerarquizar la arena digital como escenario de debate público.

En dicha búsqueda acelerada de participar en la conversación pública, marcar la agenda y conectar con las demandas y las emociones de los ciudadanos, la clase política argentina se mimetizó con el mundo digital y se convirtió en algo que se degrada y degenera así mismo, de manera permanente. Ya no solo no importan los hechos, hay escasez de argumentos y la desinformación es crónica, sino que a la hora de debatir solo se busca la provocación para exponer al rival e instaurar clivajes para alimentar a la propia tropa con la declaración más audaz. En el vocabulario virtual, el suceso en cuestión podría conocerse como la twiterización de la política.

Legisladores, funcionarios y hasta el propio Presidente de la Nación degradan el debate y el discurso político con intervenciones que, además, reproducen sistemáticamente la división y la grieta. Ya sean oficialistas u opositores, los dirigentes políticos piden lo que no ofrecen en cada intervención que realizan. La contradicción es evidente y permanente, pero ya no hay costo por eso. La enajenación es tal que, en muchos casos, forma parte de campañas de desinformación, las cuales afectan la legitimidad de procesos electorales y hasta de gobiernos elegidos democráticamente. Es decir, el ejercicio de este fenómeno lleva en sí un perjuicio sideral que ofrece un inicio, pero no un final.

La evidencia arroja que, así como está planteada, la conversación en la arena digital desprestigia el sentido primario de la propia conversación. Allí no hay escucha activa ni tolerancia a las distintas opiniones. Se borran fronteras de todo tipo (públicas-privadas, personales-laborales, etc) y la opinión pública se construye a partir de gritos y no debates, chicanas y no argumentos, descalificaciones y no respeto. La tecnología permitió una mayor horizontalidad en la relación político-ciudadano y democratizó la participación, pero también construyó una opinión pública cada día más dinámica e ingobernable. Claro está que la política tiene que estar en ese mundo y adaptarse a sus reglas, pero no puede olvidar el rol institucional y fundamental que cumple en el sistema democrático. La necesidad de captar la atención de los usuarios, en un universo donde circulan millones de mensajes por segundo, la lleva a cometer errores que alimentan su propio desprestigio.

El fenómeno descrito se vuelve aún más complejo a partir de la coyuntura que vive el país. Argentina está en crisis terminal, pero esto parece no ser suficiente para cambiar conductas y comportamientos. El camino iniciado por los tres principales dirigentes políticos más importantes al inicio de la pandemia fue la excepción a la regla de lo que ocurre hace más de 10 años. Paradójicamente, para quienes descreen de la necesidad de acordar, dio resultados en términos políticos. Sin embargo, fiel a nuestra historia, el corto plazo primó por sobre el largo y todo se esfumó.

La profesionalización de la política debe incluir una comunicación política digital a la altura. Se trata de un universo con un alto grado de dinamismo que obliga a una adaptación permanente. La campaña arroja una oportunidad para hacerlo. De no ser así, los errores continuarán y el desprestigio personal y colectivo aumentará, lo que implica un riesgo demasiado alto para el sistema democrático.

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